Hoy pasé caminando junto a una casa.

Se veía igual que siempre, pero por dentro algo era diferente. Tal vez la noche anterior una ambulancia intentó llevar el último sorbo de aire al anciano que vivía allí solitario. O quizá estuvieron allí juntos hasta ayer 2 personas ex-enamoradas que no quisieron luchar más. O puede que antier una madre que allí vive sacara de la alacena la última lata de atún para sus varios hijos, sin tener idea de cómo reponerla antes de que tengan hambre de nuevo.

¿De cuál de todas las casas por las que hoy pasé estoy hablando? No tengo forma de saber. Casi todas se veían normales, casi todas tenían las ventanas cerradas. Tan cerradas como los corazones de las personas que también me topé. De ellos tampoco conozco la historia, ni sus secretos de ayer y de antier. Quizá tan desolados como aquellas casas, viéndose normales por fuera, pero con un profundo vacío por dentro. Con un vacío que tiene forma de cruz, menesterosos de pan y de agua que sólo pueden venir de Él.

¡Este mundo te necesita tanto, Jesús!