Hay un principio en la filosofía de la ciencia que dice que “no existe nada especial acerca de la Tierra y por ende, la raza humana”. Muchos científicos apoyan este principio desde hace cientos de años cuando se descubrió que la Tierra no era el centro del universo y que en realidad sólo éramos una parte insignificante en un infinito engranaje de mundos y estrellas. Interesantemente, este principio se conoce como “Principio de Mediocridad”.

Muchas veces -como ministros de Dios- podemos caer en la mediocridad. Cuando no entendemos que sí somos especiales y que Dios nos escogió a cada uno para asuntos específicos relacionados con su reino. Quizás cuando te miras al espejo o cuando escuchas tu propia voz en una grabadora de bolsillo o te avergüenzas de tu talento al escuchar el espectacular “solo” de unos de tus colegas, estás aceptando el principio de mediocridad que te dice que solamente eres uno más, uno del montón.

El escritor británico Gilbert Keith Chesterton dijo que “la mediocridad consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”. No te deja ver la grandeza del propósito de Dios en tu vida y hace que tu servicio no llegue a ser relevante ni efectivo. Abrazamos la mediocridad cuando actuamos bajo la mentira de que somos demasiado pequeños, demasiado pobres, demasiado viejos o demasiado limitados para hacer una diferencia, para dejar una huella.

La mediocridad también se ve cuando sólo te importa lo técnico y descuidas lo espiritual. Igualmente te hace creer que lo único que importa es lo espiritual y que lo técnico es sólo algo superficial o intrascendente. Por eso a veces nos cuesta tanto dirigir a un pueblo en adoración; somos como el título de esta nota: nos falta una parte, somos incompletos, difíciles de leer y por consiguiente ¡difíciles de seguir!

Lee con cuidado el Salmo 139, y decídete a entender que los ojos de Jehová están sobre tu vida y que sí eres especial. Decide caminar bajo la verdad de que Dios te creó para algo importante y que confía en ti. Te dedico un canto que entonábamos hace muchos años en los campamentos, que decía algo como: “tú eres capaz de seguir adelante; eres capaz de llegar a la meta; Yo te hice, te conozco y sé… que tú eres capaz”.