No quiero su presencia
Hace muchos años, mientras cursaba yo uno de los primeros años de la escuela primaria, un día llegó nuestra profesora un poco estresada, y con aire militar nos recordó que al día siguiente debíamos ir con nuestros mejores uniformes, y debidamente peinados y arreglados, pues teníamos la visita del Presidente de la República. Era la primera vez en mi vida que iba a ver de cerca a la personalidad política más importante de Costa Rica, y toda la escuela estaba emocionada por el acontecimiento.
Al día siguiente como al mediodía, todos vimos por fin cómo la particular figura de nuestro Presidente entraba al Salón de Actos en medio de un gran aplauso. No recuerdo en qué parte del salón me encontraba yo, pero sí sé que contábamos con la presencia de alguien muy famoso, aunque quizás en mi inocencia no comprendía exactamente la importancia y responsabilidad de un cargo nacional de tal calibre.
Contar con la presencia de alguien importante puede ser motivo de gran alegría, pero cuando se trata del Señor Jesús, yo no quiero su presencia. Yo no quiero solamente estar ahí en medio de la multitud de un servicio dominical cuando él aparezca y se siente allá a la distancia. No es suficiente mirarlo llegar custodiado por sus ángeles, y tratar de gritar para ver si acaso me escucha entre el gentío.
Yo quiero sentarme en la misma mesa que Él cuando se sirva la cena. De hecho, quiero estar en la silla de al lado cuando comience a contar sus asombrosas historias y anécdotas de eternidad. Yo quiero estar a su lado para escucharlo claro cuando le pida su consejo sobre mis ideas, mis sueños y mis locuras.
Quiero que al terminar, salgamos juntos por la misma puerta, y nos dirijamos a la misma casa, nuestra casa. Llegar y sentarnos un rato a conversar, ya fuera del protocolo litúrgico, sin tanto traje, sin tanta corbata. Incluso sacarme los zapatos y ponerme la ropa más cómoda, tal vez un poco gastada y con uno que otro agujero por ahí. ¿Qué más da? Ya estamos tranquilos en casa, no hay necesidad de aparentar nada. Ya no importa la hora. Sólo estamos Él y yo.
En su presencia hay plenitud de gozo, pero hay delicias aún mayores a su diestra. Indescriptibles tesoros escondidos en la intimidad con Él, en la agradable espera de mis oídos atentos y sus labios dispuestos a revelar secretos. En la seguridad del abrazo del Padre, en la grandeza y amor de los brazos abiertos de Cristo, y en el poder, consuelo y sabiduría infinitos del Espíritu Santo.
Justo ahí, en la confianza y naturalidad de un dulce “Abba” susurrado a Su oído, es donde quiero estar.


David incríeble de verdad sus palabras llegan al corazón, espero pronto pueda escribir un libro jeje seré el primero en comprarlo, un abrazo y gracias por esas palabras que vienen directo del corazón de DIos, =)