Hoy detuve mi carro un momento al lado de la calle, para mirarme en el espejo y ver qué tan rojos tenía los ojos, y qué tan desfigurada mi expresión, que había hecho a más de uno quedarse mirándome extrañado segundos antes. Y es que desde que amaneció no dejaba de pensar en ti. Habías dejado en mi mente demasiado sentimientos como para poderlos contener dentro de esta humanidad tan pequeña.

¿Qué es lo que haces, que entre más pasan los años más me siento como un niño cuando te me acercas? ¿Qué es lo que provoca que un hombre como yo de pronto llore, grite y ría en media calle, aparentado con toda razón estar loco de pies a cabeza? Estoy seguro que quienes me han visto manejando, carcajeándome con las mejillas empapadas en lágrimas, habrán pensado que perdí la cabeza. ¡Si supieran que es cierto, y que jamás me quiero curar! ¡Esta locura es mi deleite, y esos momentos son mi vida!

¿Qué es lo que tiene tu Nombre, que resuena en mis adentros al igual que en mis afueras? ¡No soporto siquiera escucharlo, sin que algo en mí se altere! Te conocí, te sentí y te entendí de niño, y me hablaste tan claro que ignorarte nunca fue una opción. Han pasado los años y cada día te siento más cerca, más real. ¿Será que el tiempo añeja mis argumentos, y los ablanda para conocerte más? ¿O será que mi espíritu crece mientras mi carne muere, como si este extranjero y peregrino contara los días para regresar a casa?

¿Qué es lo que tienes, que aunque todo lo demás sea sequía a mi alrededor, tu susurro suena como cascadas de muchas aguas? ¿Qué es lo que haces con mis sentidos, que casi podría describir tu aroma, y lo que se siente tocar tu mano? Después de todo, tu mano es un lugar que conozco muy bien. ¡He estado tantas veces ahí sostenido, tanto tiempo ahí esculpido!

Has definido lo que soy y lo que anhelo. Si te quitaran de mi vida no tendría nada más, dependo de ti para ser alguien, y de tus promesas para seguir caminando. No son suficientes mis fuerzas ni mis metas. Muchos filósofos tendrían lástima de mí por esto, y me juzgarían pobre de espíritu o codependiente enajenado. ¡Si supieran que mi gloria eres Tú, y el que levanta mi cabeza! ¡Si supieran que soy tuyo, y que tú me perteneces también, y que no quiero nada fuera de ti, y que tu voz es la única que quiero escuchar! Aún tu silencio es música a mis oídos, y como brisa que refresca mi alma.

¿Qué es lo que tienes, que no se marchita mi amor por ti? ¿Qué tiene tu Nombre, que desdibuja todo lo demás y vuelve irrelevante lo que antes parecía vital? ¿Qué es lo que tiene tu aliento, tu agua y tu fuego, que hace nacer en mí vida donde sólo había huesos?

¿Qué es lo que tienes, Jesús, que me provoca esta desesperación por amarte, por agradarte y conocerte? ¡Si supieras que adorarte es mi mayor sueño, y darte gloria mi único deseo! Te dedico mi fruto, mis años, mis fuerzas, lo que me quede de juventud. Lo mejor de mí, mis talentos, todo lo que me un día me regalaste te lo devuelvo multiplicado. Te doy mi alegría, mi canción más sincera y mi mejor sonrisa.