David Azofeifa
Un padre toma la mano de su hijo en un santuario vacío, con un piano sobre la plataforma detrás de ellos

La Paz de No Ser el Protagonista

Una reflexión sobre los cambios de función, el síndrome del protagonista y la humildad de entender dónde, cómo y para quiénes somos más importantes.

Etiquetas: Llamado, Iglesia, Familia, Humildad, Identidad, Paz

Últimamente he visto varias publicaciones de personas que recuerdan aquello a lo que entregaron buena parte de su juventud, sobre todo servir en la iglesia, dirigir ministerios y participar de lleno en algo que alguna vez marcó casi todos los aspectos de su vida.

Entiendo muy bien ese sentimiento. Empecé a servir en la iglesia cuando tenía 12 años y, durante casi tres décadas, fue una de las partes más importantes de mi vida. Dirigí jóvenes, toqué el piano y pasé incontables horas en ensayos, reuniones, grupos de discipulado, cultos y actividades. Todo empezó a bajar de ritmo cerca de los 40, cuando me mudé de Costa Rica a Estados Unidos. Todavía participo en la iglesia, pero de una manera muy distinta a la de antes.

Recuerdo esos años con muchísima gratitud. Creo que el llamado fue real, que el trabajo importó y que esos años ayudaron a formar la persona que soy.

Al mismo tiempo, he estado pensando en lo difícil que puede ser aceptar que nuestra función dentro de algo cambie. A veces empezamos a creer que el ministerio, la empresa, el proyecto o la misión necesita que sigamos participando más de lo que en realidad nos necesita.

Michael Stevens habla de algo relacionado en el legendario video de Vsauce que aparece al final. Lo llama «síndrome del protagonista»: la tendencia a vivir como si fuéramos el personaje principal de toda la historia. Hasta cierto punto, eso es natural. Vemos cada hora que invertimos, cada sacrificio que hacemos y cada problema que resolvemos, así que, desde adentro, nuestra contribución puede parecernos mucho mayor de lo que se ve dentro del cuadro completo.

La psicología tiene ideas relacionadas, como el sesgo egocéntrico y la absorción por un rol. Dicho de manera sencilla, podemos sobreestimar nuestra parte en un esfuerzo colectivo, y una función puede volverse tan importante para nosotros que empieza a ocupar demasiado espacio en nuestra identidad.

Para los cristianos, esto puede complicarse todavía más porque quizá digamos con toda sinceridad: «Esto es lo que Dios me llamó a hacer». Puede ser completamente cierto. Pero haber sido llamado a algo no siempre significa haber sido llamado a desempeñar la misma función para siempre.

Pablo dice en 1 Corintios 3:6: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios». Los dos tuvieron una parte real e importante en la obra, pero ninguno de ellos era toda la historia. Eso no hace menos importante el llamado. Para mí, lo hace más grande, porque nos recuerda que la obra de Dios no está limitada a una sola persona.

Entrar en una temporada distinta no significa automáticamente que estamos siendo desobedientes, irresponsables o poco confiables. A veces la fidelidad consiste en quedarse y servir con todo lo que uno tiene. Otras veces consiste en reconocer que nuestra parte cambió y confiar lo suficiente en Dios como para dejar que otra persona continúe con lo que sigue.

Lo complicado es que un sentido exagerado de nuestra propia importancia no siempre se siente como orgullo. Puede sentirse como responsabilidad. Nos decimos que no podemos descansar porque la gente depende de nosotros, que no podemos apartarnos porque el proyecto nos necesita o que buscar algo distinto sería abandonar la misión. Cuando la causa es buena, comprometerse de más puede sentirse casi como una virtud.

Trabajo para una empresa con más de cien mil empleados. Me importa mi trabajo, quiero hacerlo bien y creo que mi contribución tiene valor. Pero si me voy, la empresa se ajustará y, con el tiempo, alguien más asumirá mis responsabilidades.

Mi hijo, sin embargo, solo tiene un padre.

Eso no significa que mi trabajo no sea importante. Simplemente me ayuda a ver que no soy igual de reemplazable en todas partes. Lo mismo sucede en nuestras relaciones con nuestros cónyuges, hijos, padres y amigos cercanos, e incluso en la responsabilidad que tenemos por nuestra propia salud, nuestro crecimiento y nuestros sueños.

La idea no es preocuparnos menos por el trabajo, el ministerio, el servicio o nuestras ambiciones. Es mantenerlos en la proporción correcta.

Hay una paz verdadera en soltar la necesidad de seguir siendo el protagonista, sin dejar de honrar el llamado y todo lo que exigió de nosotros. Lo que hicimos puede seguir teniendo significado aun cuando nuestra función cambie.

La humildad no consiste en creer que no importamos. Consiste en entender dónde, cómo y para quiénes somos más importantes.