David Azofeifa
La receta

La receta

No imites las experiencias espirituales de otros copiando formas externas. Busca encuentros genuinos con Dios por medio de una vida íntegra formada en secreto.

Imagínate que estás cenando en un restaurante fino y acabas de probar el plato más exquisito de tu vida. Le dices al mesero cuánto te gustó, y un rato después él vuelve con un papelito en la mano. “Señor, logré conseguirle la receta del chef”.

Emocionado, al día siguiente vas al supermercado a comprar los ingredientes. Pero la receta es frustrantemente vaga. Dice cosas como “3 cucharadas de salsa italiana”, sin mencionar la marca, la calidad o si venía de alguna tienda especializada. Así que no sorprende que lo que cocinas termine sabiendo como una versión pálida y decepcionante de lo que disfrutaste la noche anterior.

Lo mismo pasa muchas veces con nuestras experiencias con Dios. Vamos a un servicio, una conferencia o un retiro donde Él nos da Su presencia de una manera que nos marca profundamente. Y como la impresión es genuina y el anhelo es real, después tratamos de reproducir esa experiencia usando solo los ingredientes que pudimos ver desde afuera.

Por eso desgastamos canciones “ungidas”. Por eso tantos predicadores toman prestados los chistes, las frases y hasta la postura de otra persona en el púlpito. Por eso, hace años, líderes de alabanza en incontables iglesias imitaban el acento y las expresiones que escuchaban en discos de música cristiana.

La intención no necesariamente es mala. Es bueno y correcto querer más de Dios en nuestra vida y en nuestras iglesias. El problema está en los ingredientes. Copiamos la forma, la parte de la receta que el mesero escribió, mientras ignoramos las cosas escondidas que hicieron que la experiencia original viniera de Dios en primer lugar.

Qué fácil es cantar una canción escrita por alguien lleno del Espíritu Santo, pero saltarnos la vida de integridad, dedicación, esfuerzo y disciplina espiritual que formó esa canción en secreto. Oración, ayuno, estudio de la Biblia, generosidad, adoración, obediencia, humildad: estas cosas no son decoración. Son la cocina donde Dios prepara lo que después bendice a todos los demás.

Esta ha sido una gran lección para mí. Mi oración es que Dios nos enseñe a atesorar y desear las cosas frescas que vienen de Él, y a vivir vidas honestas que agraden al Espíritu Santo.