Más que un Moretón
¿Por qué un mensaje que nos conmueve puede dejarnos igual unos días después? Ideas sobre el arrepentimiento y el lugar de la presencia y la Palabra de Dios en la vida diaria.
Etiquetas: Reto, Cambio, Impacto, Arrepentimiento, Transformación
“¡El mensaje de hoy sí que me impactó!”, se oye al final de un culto glorioso.
Quizá fue un mensaje fuerte y elocuente, o tal vez puso el dedo justo en la llaga. A veces el impacto de una palabra es tan grande que nos lleva a tomar decisiones que nunca habríamos tomado sin ayuda, como una ofrenda inusualmente generosa. El impacto es ese golpe o empujón que recibimos domingo tras domingo para tratar de llevar nuestra vida espiritual a alguna parte.
Pero el impacto tiene límites.
Hace unos años, cuando proliferaron los congresos de música, jóvenes, misiones y profetas, tuve una amiga a quien yo llamaba en broma “la chica eventos”, porque no se perdía ni uno. Aunque los disfrutaba y salía conmovida, su vida y su ministerio no parecían crecer al ritmo que ella deseaba. Su experiencia me hizo preguntarme cuánto cambio duradero quedaba después de la emoción de esos eventos.
Aunque siempre hemos visto el impacto como algo positivo, tiene un problema: se parece al moretón que aparece en la piel después de un golpe fuerte. Prueba que algo pasó, sí, pero con los días sana y desaparece. El impacto es temporal. El cambio, en cambio, habla de una transformación duradera.
Hay tres cosas que pueden transformar una vida de una forma más profunda, real y fructífera que cualquier impacto momentáneo.
El verdadero arrepentimiento. Arrepentirse significa abandonar los deseos egoístas y buscar a Dios. En su reflexión sobre reconocer nuestros errores, Max Lucado relaciona el arrepentimiento con admitir que estamos equivocados. Ese pesar necesita despertar el deseo de cambiar, de modo que la convicción interna se manifieste en acciones. Arrepentirse implica una de las cosas más difíciles para quien lucha contra un pecado, una atadura o un hábito: aborrecer lo que Dios aborrece (Salmo 119:104; Proverbios 8:13; Hechos 3:19; Apocalipsis 2:6, RV60).
La presencia de Dios. Antes de pedirle a Dios que manifieste Su poder, necesitamos reconocer Su presencia. ¿Cómo vamos a pedirle un domingo en la iglesia que nos ayude o nos conceda una petición, si fuimos indiferentes a Su presencia durante el resto de la semana?
La Palabra de Dios. La Palabra convence, santifica, libera, sana y vivifica. Le habla incluso a huesos secos. Necesitamos pedirle a Dios que Su Palabra alumbre los ojos de nuestro entendimiento, “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14, RV60).
No nos conformemos con cultos, eventos, impactos y moretones. Es hora de transformarnos en lo que Dios quiere que seamos. La metamorfosis requiere abandonar el capullo grotesco que un día nos envolvió cuando todavía éramos apenas gusanos. La mano de Dios ya ha actuado en nosotros. Ahora es tiempo de abrir por fin las alas y que el mundo entero note la diferencia.
Adelante.