David Azofeifa
Mediocridad

Mediocridad

Una reflexión sobre la mediocridad en la vida cristiana. Contrasta principios científicos con la convicción cristiana de que cada persona tiene valor y un lugar único en el plan de Dios.

Etiquetas: Dios, Humanos, Mediocridad, Propósito, Talentos

En filosofía de la ciencia existe un principio que dice que no hay nada especialmente privilegiado sobre el planeta Tierra y, por lo tanto, tampoco en la raza humana. Se conoce, interesantemente, como el “principio de mediocridad”. Desde que descubrimos que la Tierra no era el centro del universo, este principio nos ha ayudado a entender con más humildad nuestro lugar dentro de un cosmos inmenso.

Esa humildad puede ser saludable. Pero como cristianos tenemos que cuidarnos de no convertirla en un complejo de inferioridad espiritual.

Cuando olvidamos que somos preciosos a los ojos de Dios, y que Él le confió a cada uno un lugar particular en Su Reino, caemos en otra clase de mediocridad. Sucede cuando dudamos de nuestro valor, nos medimos contra todo el mundo, enterramos nuestros talentos o decidimos que nuestros dones son demasiado pequeños para importar. Basta mirarnos en el espejo, escuchar nuestra propia voz en una grabación o comparar nuestro talento con el de otra persona para aceptar la mentira de que somos uno más, uno del montón.

Una frase atribuida a G. K. Chesterton describe la mediocridad como estar delante de la grandeza sin reconocerla. Ese es el peligro que veo aquí: podemos pasar por alto lo que Dios puso en nuestras manos porque creemos que somos demasiado pequeños, pobres, viejos o limitados para hacer una diferencia.

También aparece cuando partimos nuestra fe en pedazos. A veces nos enfocamos solo en lo espiritual e ignoramos lo práctico. Otras veces vivimos para lo práctico y nos olvidamos de lo eterno. Pero Jesús nunca vivió una vida dividida. Su compasión alcanzó cuerpos y almas, mesas y templos, el hambre de la gente y su eternidad.

El Salmo 139 nos recuerda que Dios nos conoce y ha estado presente en nuestra vida desde el principio. Saberlo nos da la responsabilidad de usar lo que nos ha confiado.

Por eso a cada cristiano le repetiría el mensaje de una canción que cantábamos en la iglesia: “Tú eres capaz de seguir adelante; tú eres capaz de alcanzar la meta; Dios te hizo, Él te conoce, y Él sabe… que tú eres capaz”.

Sal de la sombra de la mediocridad. No porque seas el centro del universo, sino porque el Dios que hizo el universo te llamó por nombre.