David Azofeifa
Mediocridad

Mediocridad

Una reflexión sobre la mediocridad en la vida cristiana. Contrasta principios científicos con la convicción cristiana de que cada persona tiene valor y un lugar único en el plan de Dios.

Etiquetas: Dios, Humanos, Mediocridad, Propósito, Talentos

En filosofía de la ciencia existe una idea llamada el “principio de mediocridad”. En términos simples, dice que no hay nada especialmente privilegiado en la Tierra y, por lo tanto, nada especialmente privilegiado en la raza humana. Desde que entendimos que la Tierra no es el centro del universo, esa idea ha servido para bajarle un poco el volumen a nuestro ego cósmico.

Esa humildad puede ser saludable. El problema es cuando importamos esa mediocridad al alma y terminamos viviendo como si tampoco hubiera nada especial en lo que Dios puso en nosotros.

Como cristianos no podemos confundir humildad con insignificancia. No somos el centro del universo, gracias a Dios, pero sí somos preciosos a Sus ojos. Él nos conoce por nombre y nos ha confiado un lugar, dones, oportunidades y responsabilidades que nadie más puede vivir exactamente de la misma manera.

La mediocridad entra cuando dudamos de ese valor, cuando nos medimos contra todo el mundo, enterramos nuestros talentos o decidimos que lo que tenemos es demasiado pequeño como para importar. Es estar de pie frente a la grandeza y no darse cuenta. Es tener propósito en las manos y vivir como si Dios no hubiera depositado nada.

También aparece cuando partimos nuestra fe en pedazos. A veces nos enfocamos solo en lo espiritual e ignoramos lo práctico. Otras veces vivimos para lo práctico y nos olvidamos de lo eterno. Pero Jesús nunca vivió una vida dividida. Su compasión alcanzó cuerpos y almas, mesas y templos, el hambre de la gente y su eternidad.

El Salmo 139 nos recuerda que los ojos de Dios están sobre nuestra vida. Somos conocidos, formados, examinados y amados. Esa verdad no debería hacernos orgullosos; debería hacernos responsables.

Por eso a cada cristiano le repetiría el mensaje de una canción que cantábamos en la iglesia: “Tú eres capaz de seguir adelante; tú eres capaz de alcanzar la meta; Dios te hizo, Él te conoce, y Él sabe… que tú eres capaz”.

Sal de la sombra de la mediocridad. No porque seas el centro del universo, sino porque el Dios que hizo el universo te llamó por nombre.