Navidad en el cielo
La Navidad trata de Jesús, cuyo nacimiento en un pesebre humilde señala el deseo de Dios de habitar en corazones imperfectos y llenarlos de Su luz.
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Toda mi vida he escuchado debates sobre si realmente es apropiado celebrar la Navidad en esta época del año. Algunos dicen que Jesús en realidad nació en agosto o septiembre, basándose en cálculos relacionados con el nacimiento de Su pariente, Juan el Bautista. Otros rechazan por completo el 25 de diciembre, señalando raíces paganas en celebraciones antiguas que no tenían nada que ver con Jesús.
Personalmente, no creo que la fecha exacta sea lo más importante. Lo que importa es el significado verdadero y vivo de lo que celebramos. Y si la razón real de la Navidad es Jesús, entonces empecemos donde empieza la historia, con el hermoso relato de Lucas 2 (RV60):
Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.
Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.
Lucas 2:1-20 (RV60)
Una celebración en el cielo
La Palabra de Dios nos dice que, cuando Jesús nació, el cielo estalló en alabanza y adoración. Las huestes celestiales se les aparecieron a pastores que cuidaban sus ovejas de noche y los guiaron hacia el Rey recién nacido. Los pastores salieron de prisa y encontraron a Jesús envuelto en pañales, una escena que cualquiera de nosotros habría querido presenciar.
Pero hay algo de ese lugar que casi nunca nos detenemos a considerar: era un pesebre.
Un pesebre era donde comían los animales. En esa región, los establos muchas veces estaban tallados en grutas o pequeñas cuevas de roca, así que eran húmedos, fríos y oscuros. Detente un momento y piensa en el olor. Ese pesebre no olía a cedro. Casi con seguridad estaba sucio y olía mal.
¿Por qué arruinar la postal bonita de Navidad? Acompáñame un poco más en Lucas, y te explico:
Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.
Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.
Lucas 15:1-7 (RV60)
Este pasaje nos muestra cómo celebra el cielo. La celebración más grande en el cielo sucede cuando Jesús nace en la vida de un pecador arrepentido. La fecha y la hora no importan. Cada vez que el pesebre oscuro, sucio y maloliente de un corazón humano recibe al Dios infinito, perfecto y todopoderoso, el cielo hace fiesta.
Muchos judíos esperaban que su Mesías naciera en una cuna de oro, porque descendía de Judá y de reyes. En cambio, nació en el único lugar que quedaba cuando no había espacio en ninguna otra parte. El nacimiento de Jesús revela uno de los misterios y milagros más grandes del universo: Dios quiere venir y hacer Su hogar en el pesebre de nuestro corazón.
Hay algo que muchos cristianos todavía no entendemos, igual que no lo entendieron los fariseos. ¿Cómo podía Jesús, siendo tan santo, interesarse por “pecadores sucios”? Si hubieran entendido de verdad Belén, lo habrían sabido. Él no vino por los sanos, sino por los enfermos. Su propia comodidad importaba poco al lado de la misión que llevaba. Los pecadores, incluidos nosotros, fueron la razón por la que Él no se aferró a Su igualdad con Dios como algo para usar a Su favor. En Él estaba la vida, y esa vida era la luz de toda la humanidad.
¿Cómo podemos llamarnos cristianos y olvidarnos de quienes todavía no lo conocen? ¿Cómo podemos decir que tenemos la mente de Cristo si no pensamos ni actuamos desde lo que lo movía a Él? Si Dios mismo vino a la tierra para servir y dar Su vida en rescate por muchos, ¿quiénes somos nosotros para vivir solo para nosotros mismos, apartando a personas cuya única diferencia con nosotros es que aún no han recibido lo que a nosotros se nos dio tan libremente?
Este próximo año será diferente para mí, porque quiero celebrar muchas navidades. Quiero ver y participar en muchos nacimientos de Jesús en los corazones de hombres y mujeres cuyas almas se perderían para siempre si no hacemos nada. Quiero un año lleno de celebraciones en el cielo, semana tras semana en nuestros grupos pequeños y en cada oportunidad que tengamos de ser luz en la oscuridad. Quiero un año de glorificar al Padre con fruto.
Jesús no se quedó acostado en el pesebre
Pensar en Jesús naciendo en pesebres humanos despierta otro pensamiento: la Navidad tradicional puede dejarnos con un malentendido peligroso. ¿Ha estado alguna vez en una reunión familiar donde hay un nacimiento precioso, con ángeles, animales y la Sagrada Familia, mientras alrededor la gente fuma, toma de más, habla con crueldad y se entrega a todo lo que entristece a Dios?
Desde hace mucho he creído que la imagen familiar del “Divino Niño” puede hacer daño cuando mantiene a Jesús lo suficientemente pequeño como para ignorarlo. ¿Qué adulto deja de pecar por respeto a un bebé? Muchas personas imaginan a Jesús como un niño indefenso que solo llora y busca a Su madre. Entonces lo ignoran en Navidad como alguien podría ignorar a un recién nacido que no puede confrontarlo.
Qué engaño tan grave hacerle creer a la gente que ese es todo el Jesús de la Navidad.
Por si alguien no lo ha notado, Jesús ya no es un niño. Creció en sabiduría y estatura, y en gracia delante de Dios y de los hombres. Estudió las Escrituras durante Su juventud y muy probablemente trabajó junto a José en el esfuerzo de un hombre adulto. Un día el Espíritu lo llevó al desierto, y desde ahí empezó Su misión: sanar enfermos, resucitar muertos, abrazar leprosos, enseñar a los ignorantes, reprender hipócritas y grabar Sus palabras incomparables y siempre vigentes en la memoria de la historia.
Nos mostró el verdadero significado de la pasión al cumplir Su llamado sin importar el costo mortal, dejándose matar por una multitud enfurecida a la que murió perdonando. Resucitó al tercer día, separando para siempre nuestra fe de cualquier religión superficial construida sobre simple filosofía, y nos dio al Espíritu Santo para dirigir y guiar nuestras vidas, tanto personales como compartidas.
Qué vital es dejar que Jesús crezca en nuestro corazón. Tenemos que dejar de subestimar lo que hizo al venir a este mundo y permitirle madurar en nuestra vida. Es tiempo de que nosotros mengüemos para que Él crezca. Es tiempo de pasar de la idea del “Niño Dios” y reconocer que no hay nadie más grande, más poderoso ni más impresionante que Él.
Él está sentado en Su trono, envuelto en luz, con el universo entero girando alrededor de Él, a la derecha del Padre, preparando lugar para nosotros, intercediendo por nosotros, afilando Su espada, ensillando Su caballo de guerra, listo para abrir los sellos, dispersar ejércitos y reclamar Su reino y Su creación.
El cantautor español Marcos Vidal capturó este contraste magistralmente en su canción “El Niño de Belén”. Él reflexiona sobre cómo Jesús nació como un bebé sencillo, desapercibido para muchos, pero destinado a crecer y cumplir una misión que cambiaría el mundo. Ese niño moriría en la cruz, traería un nuevo amanecer de luz y abriría de nuevo el camino al Padre. Vidal también advierte que un mundo que olvida a Jesús y reemplaza Su victoria con placeres terrenales un día lo verá volver en gloria.
La estrella de Belén
Espero que esta reflexión despierte una gratitud más profunda mientras celebramos la Navidad. Más que un recuerdo de hace dos mil años, el nacimiento de Jesús apunta a ese día inolvidable en que por fin abrimos el corazón y lo dejamos entrar.
Y todavía más, es un tiempo para renovar nuestro compromiso de provocar muchas navidades más, encendiendo todas las celebraciones en el cielo que el Padre todavía nos da tiempo de preparar. Es tiempo de ser como la estrella que iluminó el camino hacia el Hijo de Dios, dejando que Él nos use para alcanzar al mundo que tanto amó.