David Azofeifa
No quiero solo Tu presencia

No quiero solo Tu presencia

Quiero más que Tu presencia; quiero cercanía, sentarme a Tu lado, hablar con libertad y caminar como familia, en el calor, descanso y confianza de Tu abrazo.

Etiquetas: Abba, Autoridad, Dios, Reino, Poder, Presencia

Hace muchos años, cuando cursaba uno de mis primeros años de escuela, un día llegó la profesora un poco estresada. Con aire casi militar nos recordó que al día siguiente debíamos presentarnos con nuestros mejores uniformes, bien peinados y arreglados, porque tendríamos la visita del Presidente de la República.

Era la primera vez en mi vida que iba a ver de cerca a la personalidad política más importante de Costa Rica, y toda la escuela estaba emocionada por el acontecimiento.

Al día siguiente, como al mediodía, todos vimos por fin cómo la figura particular de nuestro Presidente entraba al salón de actos en medio de un gran aplauso. No recuerdo en qué parte del salón estaba yo, pero sí sé que contábamos con la presencia de alguien famoso, aunque quizá en mi inocencia no comprendía exactamente el peso y la responsabilidad de un cargo nacional de ese calibre.

Contar con la presencia de alguien importante puede ser motivo de gran alegría. Pero cuando se trata del Señor Jesús, yo no quiero solamente Su presencia.

No quiero estar ahí apenas como una cara más en la multitud de un servicio dominical, viéndolo aparecer a la distancia. No me basta mirarlo llegar custodiado por Sus ángeles y tratar de gritar a ver si acaso me escucha entre el gentío.

Yo quiero sentarme en la misma mesa que Él cuando se sirva la cena. Quiero estar en la silla de al lado cuando comience a contar Sus asombrosas historias y anécdotas de eternidad. Quiero escucharlo claro cuando le pida consejo sobre mis ideas, mis sueños y mis locuras.

Quiero que, al terminar el evento, salgamos juntos por la misma puerta y nos dirijamos a la misma casa. Nuestra casa.

Llegar y sentarnos un rato a conversar, ya fuera del protocolo litúrgico, sin tanto traje ni tanta corbata. Incluso quitarme los zapatos y ponerme la ropa más cómoda, tal vez un poco gastada y con uno que otro hueco por ahí. ¿Qué más da? Ya estamos tranquilos en casa. No hay necesidad de aparentar nada. Ya no importa la hora. Solo estamos Él y yo.

En Su presencia hay plenitud de gozo, pero hay delicias aún mayores a Su diestra. Hay tesoros indescriptibles escondidos en la intimidad con Él, en esa espera agradable de mis oídos atentos y Sus labios dispuestos a revelar secretos. Hay seguridad en el abrazo del Padre, grandeza y amor en los brazos abiertos de Cristo, y poder, consuelo y sabiduría infinitos en el Espíritu Santo.

Justo ahí, en la confianza y naturalidad de un dulce “Abba” susurrado a Su oído, es donde quiero estar.