David Azofeifa
Obsesión con las fórmulas

Obsesión con las fórmulas

Una reflexión sobre nuestra tendencia a aferrarnos a métodos conocidos en la iglesia y el ministerio, y la necesidad de honrar formas distintas de servir.

Etiquetas: Iglesia, Dones, Dios, Ministerio, Servicio

Hace algunos años estaba conversando con uno de mis mejores amigos sobre un asunto de iglesia, y él me acusó, con razón, de ser demasiado rígido en mi forma de acercarme al trabajo y al servicio. Esa fue la primera vez que escuché la frase “pensamiento divergente”, y después me ayudó a entender por qué las personas creativas tantas veces luchan por encajar dentro de sistemas cuadrados.

Los seres humanos estamos obsesionados con las fórmulas. Nos dan una sensación de seguridad y control. La mayoría nos sentimos cómodos cuando todo está claramente definido, y nos sentimos amenazados en cuanto algo cambia. “Siempre lo hemos hecho así” es una frase favorita en el liderazgo. Peor todavía es “si no está roto, no lo arregle”, repetida incluso cuando el método ya se está cayendo a pedazos. Es más fácil defender un método que mejorarlo.

Algo parecido pasa en la iglesia y en el ministerio. Los que trabajan con personas en la calle critican a los que no lo hacen. Los del ministerio de música se consideran mejores adoradores que las personas de la congregación. Los que tienen educación formal miran por encima del hombro a quienes aprendieron haciendo. Olvidamos que la obra de Dios tiene que verse como un todo: integrada, variada, multifacética y amplia. Es mucho más amplia que cualquier estructura inventada por manos humanas.

1 Corintios 12:4-6 (RV60) dice: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo”. No podemos esperar que todos hagan lo mismo. Cada uno de nosotros tiene un conjunto distinto de fortalezas, un alcance distinto, un contexto distinto. El lugar donde sirvo me permite servir a Dios de maneras en que otros no pueden, y eso es parte de la razón por la que Él me puso ahí. Pero no me da ningún derecho a menospreciar o criticar a quienes sirven en otra esfera. Ellos tienen su propia misión.

Continuando en 1 Corintios 12:17-21 (RV60): “Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros”. Esto lo deja claro: el Reino de Dios necesita que cada uno de nosotros sea útil en su propio contexto, con las herramientas específicas que Él nos dio, herramientas que difieren entre sí y aun así se complementan. Tenemos que resistir la obsesión con nuestra fórmula personal de servicio como si fuera el único método que funciona, porque incluso el enfoque más exitoso es apenas una parte del gran diseño de Dios.

Todos compartimos la misma Gran Comisión, pero cada uno la vive de manera distinta. La iglesia como cuerpo tiene que ir “a las naciones”, y aun así carga también una responsabilidad local que no puede descuidar. Algunos fueron hechos para predicar en la calle; otros brillan enseñando y discipulando en grupos pequeños. Algunos lideran movimientos revolucionarios, mientras otros se arrodillan para consolar a quienes tropiezan en el camino. No debemos permitir que nadie reduzca nuestro lugar en el plan de Dios, y nunca debemos menospreciar el de los demás.

Ni yo, ni mi iglesia, ni mi ministerio tenemos monopolio sobre el Espíritu Santo. Tenemos que aprender a respetarnos como miembros del mismo cuerpo. Cuando leemos 1 Corintios 12 y 13 (RV60) juntos, vemos a Pablo moverse de la diversidad en el servicio a “un camino más excelente”: el amor. El respeto es una forma de amor. Honrar a personas que sirven a Dios de manera distinta a la nuestra también es amor.

Así que, desde mi pequeño rincón de internet, envío un abrazo de honra a todos mis hermanos y hermanas que sirven a Dios en lugares y formas diferentes a las mías. A quienes se aventuran donde yo no puedo, mi respeto más profundo.