David Azofeifa
Síndrome del impostor

Síndrome del impostor

Este Domingo de Ramos volví a cantar en la iglesia después de años de duda. Dios me recordó mi propósito y que Su plan sigue siendo para bien.

Etiquetas: Iglesia, Síndrome del impostor, Música, Herida, Propósito, Rechazo, Adoración

Hace tiempo no comparto un post así de largo, pero hoy ando inspirado, así que aquí voy.

La foto de abajo es importante para mí. Esto fue el Domingo de Ramos de este año, y marcó la primera vez en más de una década que volví a cantar en una iglesia. Y no fue hasta ahora que entendí bien el porqué.

Acá, en la iglesia donde asistimos, hace varios meses me integré al ministerio musical como tecladista, y ha sido una experiencia increíble después de casi cinco años de haber tocado por última vez en mi iglesia en Costa Rica. Cuando nos mudamos a Estados Unidos, inmediatamente se vino la pandemia. No pude involucrarme al inicio, y luego se me extendió la pausa más de lo que yo hubiera querido.

Pero cuando cambiamos de ciudad, supe que era el momento de volver a las canchas, al menos a las canchas pianísticas. Los que me conocen saben que siempre he amado la música en todas sus formas, y cuando se trata de tocar música para Dios, esa pasión se multiplica mil veces.

Pero la parte de cantar ya la había olvidado. Lo hice por algunos años en Costa Rica, pero lo veía como una etapa quemada de mi juventud.

Hasta que Dios me recordó que Él tenía otros planes.

Un día cualquiera me llegó un mensaje de texto de la pastora coordinadora del ministerio de artes de mi iglesia, invitándome a una reunión para unirme al coro como líder de las voces tenores, aunque soy barítono, y para que comenzara a cantar en lo que aquí llaman “frontline”, que en Costa Rica llamábamos “voces de fondo”. La verdad me sorprendió, porque yo nunca había hablado aquí de que antes cantaba ni de que era algo que me gustaría hacer.

A partir de esa reunión me involucré de lleno en los ensayos y preparativos para los servicios de Pascua y Semana Santa. Pero hubo algo particularmente extraño en el primer ensayo de voces. Cuando agarré el micrófono, tuve una sensación horrible de inseguridad, como si no estuviera a la altura de lo que esperaban de mí.

A eso le llaman “síndrome del impostor”: cuando uno siente que está en un lugar o rol para el que está severamente subcalificado. Ese ensayo fue terrible. Sentí que desafiné en todas las canciones y que nunca logré cantar con la fuerza que se suponía que debía tener.

De camino a casa, Dios me recordó por qué me sentía así, como un impostor. Recordé que hace muchos años, en Costa Rica, una persona en posición de liderazgo me llamó a una reunión para hablar conmigo sobre mi participación en los servicios de jóvenes. Básicamente me dijo que yo no era “lo que andaban buscando” para la idea que tenían, y que ya no querían que cantara más. Así.

Les prometo que eso se me había borrado completamente de la mente, pero por lo visto no del corazón. De hecho, desde ese día dejé de cantar en la iglesia y solamente tocaba el piano ocasionalmente.

Ese recuerdo me dolió en el momento, pero era lo que necesitaba para llegar con otra actitud al siguiente ensayo. La verdad no sé si lo hice mejor o peor que la primera vez, pero en ese segundo ensayo canté con todo. Como en los viejos tiempos. Como cuando sabía que Dios me había dado un talento y una pasión que tenían que ser aprovechados.

Luego de varios ensayos llegó el Domingo de Ramos, el momento de esta foto. Quería explicar el contexto, porque uno ve gente haciendo y logrando cosas, y a veces no se imagina lo que esas personas tuvieron que vivir, luchar o esperar para llegar ahí.

También cuento esto porque yo generalmente sano mis heridas compartiéndolas por escrito. Pero la razón más importante es que sé que algunos pueden estar sintiéndose parecido en su servicio, trabajo, estudios o en lo que sea: inadecuados, perdidos y llenos de complejos e inseguridades.

Hoy quiero recordarte lo que dice la Biblia sobre esto: Dios tiene pensamientos de paz para darnos el fin que esperamos (Jeremías 29:11, RV60). Si te sientes triste o solo, recuerda que Dios está cerca de los quebrantados de corazón (Salmo 34:18, RV60). No necesitas tener miedo, porque Dios te fortalecerá y te ayudará (Isaías 41:10, RV60). Él nos escogió para anunciar Sus virtudes, especialmente al sacarnos de la oscuridad y llevarnos a Su luz admirable (1 Pedro 2:9, RV60). Y si amas a Dios, todo lo que pasa en la vida puede llegar a ayudar para bien dentro de Su propósito (Romanos 8:28, RV60).